10 may 2010

La actual guerra sucia en Yucatán

Por Narces Alcocer Ayuso


Los últimos días ha sonado mucho el término de “guerra sucia” en el ambiente político; señalan los aludidos a Acción Nacional como artífice de tal estrategia, sin embargo el concepto dista mucho de lo que ha sido en verdad esa “guerra” en nuestro país y en todo caso sería oportuno verificar los procederes de aquel partido para buscar similitudes que sugieran tal aseveración.

La llamada “Guerra sucia” es la ofensiva nacida del priísmo a finales de los años 60 con el evento en Tlatelolco; a partir de entonces la represión del sistema buscó acallar las demandas estudiantiles, sindicales, intelectuales e incluso de protestas dentro del mismo partido oficial. De las acciones masivas, la censura generalizada y política del miedo que culminó en los ochenta, silenciándose y mandándose al olvido hasta que Vicente Fox creó una fiscalía para su investigación que apenas pudo destapar la punta del iceberg. Posteriormente, apenas en la década anterior, se pasó a métodos más acuciosos y concretos, ensañándose con los políticos contrincantes, asesinados o desaparecidos forzadamente.

Era tan obvia la red de mentiras que al mismo pueblo ya no se le tomó el pelo; el desaparecido noticiero “24 horas” presentaba gente desconocida autonombrándose cercanos colaboradores a la oposición (medios hermanos, tíos, amantes) para establecer una sarta de falsedades; los periódicos nacionales mostraban publicidad funesta supuestamente pagada por el PAN o PRD para atemorizar a la población sobre medidas drásticas que tomarían en caso de resultar vencedores. La propaganda oficial inundaba el país con los consecuentes derroches de presupuesto. Las universidades y demás foros cerraban sus puertas a los contrincantes, incluso cuando eran egresados de las mismas. La maquinaria fascista del PRI se aseguraba del voto de los trabajadores sindicalizados, los campesinos y burócratas, tanto así para condicionar psicológicamente a la población de triunfos indiscutibles en los que hasta se comprobó que los muertos votaban; así justificaba su “promoción de paz y tranquilidad” que sólo ellos podían manejar.

En Yucatán se vivía una dictadura a cargo de Víctor Cervera Pacheco, quien inició su cacicazgo beneficiándose de la misma estrategia sucia al llevar a Graciliano Alpuche a dimitir y ascender él como interino; estuvo también a cargo de la Secretaría de la Reforma Agraria donde realizó oscuras operaciones con inimaginables extensiones de tierra que pese a las demandas nunca se pudieron investigar por el bloqueo legislativo impuesto por la mayoría del PRI. Después, repitió su sucia ofensiva contra Manzanilla Schaffer quien también renunció y posteriormente culminó un sexenio completo como gobernador “constitucionalmente electo”. Además, en este período no se cansó de difamar a sus contrincantes políticos, fomentando la xenofobia y homofobia en su partido y en un buen sector de la sociedad que se dejó llevar por el cuento de “la paz que en Yucatán todos queremos”. Sin desligarse de su cuna como líder estudiantil, proporcionaba sendas sumas a la desaparecida Federación Estudiantil Yucateca, plagada de porros y que orquestaba denigrantes bacanales en generaciones de alumnos, muchos de los cuales culminaron en la mediocridad.

Desde que ascendió a la gubernatura su sobrina, la Sra. Ortega, su gestión no ha sido menos azarosa aunque de menores consecuencias dada la mayor vigilancia que se guarda en determinados sectores de la sociedad. Al iniciar su gestión fue clara: la línea de referencia sería la de su tío ¡terrible noticia!

Carente de obras y endeudando al pueblo de Yucatán, no se ha cansado de afirmar que “gobernar no es sólo hacer obras” pues su gobierno es “cercano a la gente”, lo que –según ella- establece la diferencia con “administrar el poder”. Este discurso ha sido aprendido por su séquito al grado ser su bandera de campaña en la actualidad. Sin poder fundamentar sus “máximas” acaban criticando al partido opositor, mostrándose como menos negativo. Este fin de semana estuve debatiendo sobre ello y todos se desviaban a criticar los problemas internos de PAN cuando eso compete sólo a sus afiliados.

Fíjense ustedes: la gestión ivonnista ha comprado tranquilidad con la empresa Televisa, aquella que difamaba a la oposición en la década pasada; le aseguró dinero para su CRIT, locaciones para sus producciones, exclusivas de conciertos y concursos, obsequios a sus directivos y empleados, e incluso ha sobregirado a la Secretaría Estatal de Turismo al cubrir los gastos de “Espacio”. Naturalmente la empresa se mantiene al margen de las revueltas políticas, y teniendo mucha gente la mala costumbre de vivir “un mundo de caramelo” con la caja idiota, al azuzar el enjambre político otro medio es natural del populacho dejarse llevar por la falsa tranquilidad impuesta por Ortega quien a través de sus allegados sostiene: tiene que ser guerra sucia, es guerra sucia (y luego andan creando redes sociales que “ya no le creen nada a ese medio” -pues no hay pero ciego…-).

Un medio local, especializado en proyectar la imagen de su director quien presume de haber padecido la guerra sucia, guarda un amargo rencor contra el PAN y también fue “comprado” por el gobierno. Se desvive enseñando cómo la gobernadora está cercana a la gente y cómo reparte zapatos (de mala calidad) y cobertores (hasta a gente muerta como en el pasado); con la carencia de obras o cosas positivas sobre sus mecenas, empaña sus páginas con descalificativos a los panistas, buscándole apodos o haciendo denuncias falsas que nunca llega a fundamentar. A cambio, su viejo director, nunca reconocido y tachado de polígamo y terrorista, recibía por fin premios “fumados” que presto difunde en su rotativo. Con la cerrazón a propaganda panista y artículos objetivos, ha decrecido la calidad de su contenido. En el lío ventilado de las tierras de Ucú, fue el único medio del país que desestimó el hecho y presentó notas sin autor y hasta un testigo “fidedigno” para desmentir el hecho, justo como en “24 horas” durante la guerra sucia; esas apelaciones no han tenido eco ni en Proceso, La Jornada u otros medios ajenos al PAN y verdaderamente dignos que en su momento publicaron la denuncia. Con el bloqueo priísta en el Congreso local para revisar las criminales cuentas de la administración estatal, el encargado de ventilar el problema fue el senador Hugo Laviada a quien Ortega trató de silenciar con sus contactos en el Senado, algo que aún no ha ocurrido por la evidente represión que significa eso o como diría Ivonne: sólo su fuero me detiene.

Sólo compare las medidas de la guerra sucia original con esta, cualquiera semejanza ¿será pura coincidencia?

Tratando de comprar más medios, el PRI ha acaparado espacios en TV Azteca y otras fórmulas de comunicación; ha destituido a periodistas y conseguido que echen a colaboradores radiofónicos de ciertas estaciones como Gina Villagómez.

Amenaza a empresarios para cuadrarse, establece espías políticos, amedrenta a gente por cualquier pretexto como los jóvenes de las playeras. Y hablando de jóvenes ¿quiénes son sus principales colaboradores? aquellos ex líderes estudiantiles beneficiados de los excesos concesionados por “Balo”: Nerio Torres, Mauricio Sahúi, Friedman Peniche, quienes ha convocado a su “generación perdida” para tantas triquiñuelas y como bases de grupos en estas elecciones 2010. Familiarizados con la jurisprudencia, estos individuos pululan las instituciones de justicia en el Estado y en complicidad suya su jefa enaltece a Yucatán como el más seguro del país cuando ciertamente las estadísticas de crímenes se basan en las demandas y denuncias que difícilmente pasen en la Procuraduría con los porros o en el Tribunal de Justicia con la sumisión ya hasta signada legalmente que se guarda a Ivonne; porque, en efecto, los yucatecos no tenemos la costumbre de denunciar, pero basta ver los registros de robo a casa habitación, de violencia de género, de maltrato infantil, de faltas imputadas a adicciones para desvanecer el espejismo de la “paz y tranquilidad” que se nos presenta. Pero de nuevo se nos señala como insensibles que altercamos el ambiente grato de la comunidad, que venimos a sembrar conflictos, una guerra sucia ¿será?

Como dice la página de la candidata priísta a la alcaldía de Mérida: en el municipio la mitad somos menores de 27 años, pero eso no es justificación para dejar en el olvido los parámetros de la verdadera guerra sucia que sin duda se vive en Yucatán, pero no por el PAN sino arrastrada de tiempo atrás por el PRI que presenta el término como “novedoso” y que lamentablemente ha tenido eco en algunos líderes de opinión.

¿Votos? interesado en dejar atrás la auténtica cultura e identidad yucateca, censurando la memoria colectiva, promoviendo en la juventud falsedades, así como también condicionando a los sindicatos con líderes corruptos como con los maestros o los trabajadores de la salud, destituyendo a burócratas que ya han entablado decenas de demandas laborales contra el gobierno estatal (que seguro ganarán pero los hará salirse del ring en esta campaña), con presiones psicológicas, toda un cochino conflicto, se asegura sin prudencia el PRI la victoria.

Para desestimar las demandas, han recurrido a la xenofobia y también han traído a su títere dirigente nacional que nunca ha tenido buena relación con Ortega. Afirman que esta “guerra sucia es del PAN” y continuará después de las elecciones, y claro, el desazón continuará porque no se debe a las elecciones y si el blanquiazul toma juego es para contraatacar los apabullantes delitos de Ivonne Ortega y sus secuaces -irrisoriamente han dado estos mismos la razón de su guerra-; no es contra su candidata Araujo ni de la panista Zavala; orquestada la guerra sucia hacen pasarse por víctimas pues más que nadie están sensibilizados de cómo funciona y de cómo pueden manejar el presupuesto para complementar su onerosa campaña que llena de panfletos tricolores mi reja cada semana.

Entonces ¿sí hay guerra sucia en Yucatán? juzgue usted mismo. N.R.A.A. Mérida Yucatán a 10 de mayo de 2010.