2 oct 2011

LA SAGA DE LOS CHILES

Por: Narces Alcocer Ayuso

Siendo parte de la comunidad bloggera, a lo largo de los años me he hecho de algunas páginas para compartir con el mundo mi pensar, mi ser y sentir; afortunadamente han tenido una buena aceptación, unos más que otros de acuerdo a las estadísticas pero estoy satisfecho. En definitiva no coinciden mi gusto por las letras con mi adaptación a la aldea global, mucho antes lanzaba flores por aquí o por allá, el caso es que tengo algunos trabajos que no he compartido, más que nada por celo -en especial los trabajos en verso- y respecto al presente, por la incertidumbre que representa su publicación ¿en dónde publicarlos? –me preguntaba- ¿en mi blog de comida si son chiles? ¿en el de temas de Salud si es sobre Medicina? ¿quizá en éste por ser de política? mhhh, mejor evitarme problemas y quedármelo, guardarlo en alguna cápsula de tiempo y desempolvarlo en 300 o 400 años según convenga.

Sin embargo, después de su infructuosa insistencia por que yo publicara esta saga, la hermana de un servidor se tomó la “libertad” de publicarlo en su red social, y aunque no puedo evitar ya la primicia, tengo a bien compartirla. Primero porque una de las personas que me inspiró a escribirla se ha ido ↑, segundo porque ya necesito “actualizar” algunos de mis blogs (o blargs, como yo les llamo), y finalmente porque por azares del destino y la pequeñez del mundo, me encontré con un blog donde tuve a bien leer interesantes entradas que me hicieron ver que las cosas no han cambiado, siendo viables aún las opiniones sobre las experiencias encontradas hace unos años en tan particulares circunstancias. He tomado la decisión de publicarlo de manera conjunta en el de temas de salud como en el de sociedad y política, dividido en tres partes de acuerdo a la fecha que fueron escritos:


I. Los chiles del doctor (14/04/08)


Espero que el título de este escrito no genere suspicacias a pesar de ser, efectivamente, un nombre "picante". Para el mes de agosto del año anterior llegaba con entusiasmo a la comunidad rural donde realizaría mi servicio social como médico pasante; iba emocionado y dispuesto a retribuirle a la sociedad la educación recibida orgullosamente en la universidad pública donde me forjé.

Amén de lo noble de mi profesión y los gratos sabores de boca que obtiene uno al saberse de la fe de tanta gente que nos confía su vida y salud entera, no me era indistinto el modo campirano de agradecer las atenciones; tantos eran los relatos de mentores y otros viejos compañeros sobre el agasajo de la comunidad hacia el médico local que ya me veía yo hinchado de costales de "chinas", plátanos manzanos, unos nutritivos "blanquillos" de patio y la infaltable pierna de venado.

No me sorprendió verme con las manos vacías al principio, pues era lógico el recelo hacia mí como médico "nuevo". Buscaba esforzarme para ganar primeramente la simpatía de los pacientes, parte vital en mi desempeño profesional; además entendía perfectamente la situación precaria en la cual se hallaba la mayoría del pueblo y la espera de algún obsequio era más por curiosidad que por dolo.

Al paso de las semanas comenzaron a llegar los presentes: unos "cocotazos" de huevo por parte del panadero, una sandía de la milpa de don Roberto y una "bola" de pozole con coco a cortesía de doña Fidencia, por supuesto que eran bienvenidos. Al transcurso de los meses recibí unos pequeños "pibes" en finados, pero fuera de las cuatro menciones no he recibido en casi un año algo más; la situación no era exclusiva de mi comunidad sino compartida por gran parte de mis compañeros pasantes en todo el Estado, hecho comentado en cada reunión mensual en la sede jurisdiccional correspondiente o bien en la Facultad.

La trascendente generosidad relatada por nuestros mayores era una leyenda. No hacía falta quien dijera que era resultado de la deshumanización médica, que nosotros habíamos desdeñado la confianza del pueblo; otros más achacaban la situación a los galenos formados en escuelas ajenas a la nuestra, principalmente aquellos provenientes de otras entidades, y que también servían un año como todo pasante.

Consumido por la duda mecía la hamaca cada noche en el Centro de Salud, acompañado de algunos "x'cuclines" y uno que otro "pik", y por el día permanecía en el consultorio viendo el desfile interminable de pacientes que acudían a la unidad en busca de medicamentos y no para una solución integral a su problema, la cual comúnmente intentaba otorgar, incluso a pesar de la barrera lingüística. Realmente me había resignado a recibir las míticas regalías de antaño pero no por ello desestimaba un sincero "gracias" por parte de los pacientes; lamentablemente éstos eran también escasos.

Me habitué a la rutina y consideraba el extraño consejo de nuestros coordinadores: "no traten de cambiar al pueblo sino traten de adaptarse a él". ¡Caramba! -pensaba- entonces tendría que aplicar la "ley del hielo"; sin embargo al final llegué a la conclusión de otorgar la mejor atención posible de una manera desinteresada (si es que existió alguna intención franca previamente).

Y así pasó el tiempo; durante mis pocos ratos libres por las tardes buscaba una distracción que de preferencia hiciera asolearme y respirar aire puro, ésta tendría que ser cerca a la clínica, toda vez que las abundantes y punitivas jaurías de perros eran más rápidas que yo. Resolví finalmente explotar el lóbrego patio del mismo centro de salud, un terreno de unos 30 x 30 que invitaba a cultivar unas hortalizas, pues dada la inmensa hierba del suelo aquel debía ser fértil.

Decidí probar primero con las semillas de un colorado chile habanero -adquirido en la tortillería- y que había salido todo "campana": picante y repicante. Preparé la tierra sin conocimiento agrónomo alguno, surgiendo al cabo de dos semanas y un hídrico asedio varias ínfimas plantas; mi sentir fue grato, similar a la párvula reacción que tuvimos al descubrir un germen en aquella semilla de frijol que colocamos en un algodón húmedo. Eran mis "hijos" y les brindaría la mejor atención posible. Los vi crecer, desarrollarse y tener fruto, literalmente; ignoro si era por mis prolijos cuidados pero cada mata tuvo en su primera floración más de treinta chiles, llegando a contabilizar hasta el día de hoy más de cincuenta ajíes por planta.

Dado el éxito de este cultivo opté por variar mi huerta: maíz, frijol, tomate, rábanos, sandía, mandarina, melón, pepino y lechuga romana (aunque digan muchos que aquí no se da). Y aunque parezca una exageración todos han sido un éxito, siendo el trabajo de más de seis meses que ameritó adentrarse en la selvática maleza de mi patio con el riesgo inherente de encontrarme con alguna alimaña; afortunadamente sólo fue una pequeña “chayil-kan” y escasas tarántulas, además de una tuza que nunca vi.

Definitivamente lo más vistoso de la huerta seguían siendo los chiles, situados a la vista de todos. Confiado en el ambiente pueblerino, inocentemente dejé los frutos en la planta con la intención de cosecharlos hasta la madurez total, esto es hasta que se tiñan por completo de rojo. Sin embargo súbitamente noté cómo la cantidad de chiles decrecía por lo que fue obvio el robo de los mismos. No comprendía cómo estando en un pueblo, donde toda la gente se conoce y en el cual se acostumbra tener plantas de naranja agria, achiote y chile habanero en cada patio, me podrían robar los propios. Mi primera reacción fue la de colocar un letrero que prevenía a la gente de no "bajar" los chiles so pena de hacer enojar al doctor de casi 1.90 y más de 100 kilos. Desafortunadamente no tuvo éxito, quizá por el enorme analfabetismo de la localidad. Agobiado por la sustracción me vi en la necesidad de sacrificar gran parte de la pequeña ayuda económica como pasante para cercar con una elevada "malla de gallinero" mis sembrados; sólo así acabó la cleptomanía.

Un médico de años en la comunidad me explicó someramente que en la actualidad la gente ya no cuenta con plantaciones en sus patios, pues todo lo que represente trabajo debería ser remunerado económicamente aunque el fruto de dicha acción siempre fuese para su provecho.
Con aquel comentario y con el acoso sempiterno de los insectos durante las calurosas noches de apagón, no pude evitar reflexionar acerca del problema y explicarme así el por qué de la dadivosa costumbre desaparecida a la cual me referí en principio y la paradójica situación actual. La respuesta fue clara y estaba en mis narices: paternalismo.

Leyendo las hojas de atención y recetas se miraban dos grandes nombres: Oportunidades y Seguro Popular, programas federales que otorgan servicios a la gente de escasos recursos. Leí además una pequeña leyenda al final de los mismos papeles que rezaba ser "financiados con recursos públicos provenientes de todos los contribuyentes (impuestos), quedando prohibido su uso para finos ajenos al desarrollo social". Surgió así la incógnita de que si mi formación académica había sido pagada por los impuestos, la ley sostiene que debo retribuirle a la sociedad un año de servicio, sin embargo ¿a quién debería prestarle ese año de servicio? porque al menos nadie, absolutamente nadie en el pueblo donde me encuentro paga impuestos: la corriente eléctrica y el agua potable se encuentran subsidiadas y sólo le paga el consumo, no pagan impuesto predial, no tienen vehículos a motor que generen tenencia, se autoemplean y no generan ISR, y para finalizar sólo consumen productos del comercio informal, que no pagan IVA, era innegable que esta gente no había financiado mi profesión ¿por qué a ellos les dedico un valioso año y no a mis reales benefactores?

Una persona a la cual estimo mucho me contestó crudamente al cuestionarme si pensaba que la clase trabajadora, preparada y productiva permitiría que un médico recién egresado se encargase de su salud, a lo que respondí que no, pues era evidente que alguien que genera impuestos demande atención de mayor experiencia, enviándonos a la población no productiva. Esto porque la misma Constitución garantiza la salud (artículo 4º), por lo que la Nación debe proveer personal sanitario a todas las comunidades, lo que genera sueldos, sin embargo los contribuyentes no permitirían gastar fondos públicos en sueldos de personal que no les proporcionan beneficio inmediato, es por ello que optan por los pasantes en servicio social quienes les debemos "algo" y así salvaguardar las contribuciones toda vez que no recibimos más que una ayuda simbólica inferior a un salario mínimo, garantizando de esta forma los fondos para la obra pública.

Pareciendo una respuesta franca, no lo es del todo, además que se preguntarán qué tienen que ver los impuestos con los chiles. En días previos se otorgó el apoyo del programa Oportunidades (nieto de Pronasol e hijo de Progresa), nunca había asistido a una ceremonia de estas y en ella descubrí los apoyos de hasta cinco mil pesos que recibían las beneficiarias, en especial las que contaran con mayor número de hijos. Inmediatamente al módulo de la Sedesol llegaba el tianguis de ropa y enseres de dudosa calidad, a pesar de lo cual la gente se volcaba a adquirirlos, con el riesgo de cargar consigo efectivo al llegar al hogar para que el marido se lo beba.

El apoyo era por dos cosas: primero por la educación, para garantizar la asistencia de los hijos a la escuela... imagínense, aunque la educación es obligatoria en el país tiene que pagársele todavía a muchos alumnos para poder asistir a la escuela (y como tengo un colegio a cada lado de la clínica, es patético observar por las tardes mientras riegos mis chiles cómo estos educandos se fugan de los planteles durante las horas de clases por un terreno baldío trasero). El otro componente es el de la salud ya que se obliga prácticamente a los beneficiarios a acudir puntualmente a sus citas de acuerdo la atención que requieran y en periodos determinados (un mes, seis meses, etcétera), entonces resulta todavía peor considerar que se debe pagar a la población para conservar su propia salud, como si no fueran responsable de sus actos o no obtuviesen beneficio de ello, y todavía más es que de no conservar la salud cuenten con el Seguro Popular que garantiza su atención sin costo, es decir que de nuevo se le carga al erario la falta de responsabilidad de la población no productiva para sí mismos. ¿Esto los hace parásitos?, claro que no y veamos por qué:

Nuestro país es rico en recursos naturales, de los cuales somos dueños todos los mexicanos, el Estado hace uso de estos recursos no renovables para "completar el gasto presupuestal". Entre estos recursos el de mayor importancia es el petróleo, a cargo de Pemex. La carga impositiva a la paraestatal es del 90% de las ganancias, y al menos no haya un correcto uso de los recursos públicos, con una verdadera reforma fiscal que evite la enorme evasión de impuestos en el país, ya sea en deducciones o comercio informal, la empresa colapsará pronto. No obstante nadie pareciera a corto plazo querer retirarle el cargo a Pemex, primeramente los políticos (algunos con su máscara de no privatización -farsa pues sería violar la Carta Magna-) ya que se acabaría la mina de oro que sostiene al gasto corriente y los programas sociales de la población improductiva -por ende los votos-. La clase media trabajadora transcurre en un flujo cerrado de impuestos-obra pública por lo que no se ve realmente beneficiado por aquel "patrimonio de la nación", pero si la carga impositiva a Pemex disminuyera ¿de dónde saldrían los recursos para la continuidad del gasto corriente y los programas sociales ante el riesgo más de perder votos que de descontento social? simplemente de la cada vez más agobiada clase media trabajadora que sí paga impuestos. Ante ello mejor exprimir a Pemex, lamentablemente algún día se acabará el petróleo con o sin carga impositiva, con o sin privatización.

Por eso la solución a los programas sociales no radica en otorgar apoyos monetarios tan a la ligera al pueblo ¿acaso se genera igualdad de oportunidades y se garantiza la equidad social, manteniendo a raya fenómenos como la delincuencia, epidemias, problemas de salud y levantamientos armados que perjudicarían a la sociedad completa? no lo creo, parecería ser sólo por votos.

La gente del campo, en especial los indígenas, se ha caracterizado en la historia por ser trabajadora y salir avante a pesar de la discriminación y los problemas sociales propios de su ambiente, sin embargo ante este paternalismo de darles todo y además pagarles los ha sumido en un bache de latencia del cual no parecieran querer salir, sintiéndose plenamente merecedores de todo y exigiendo atenciones a costa de otra gente ¿qué sería de ellos sin los apoyos? fácilmente se comprueba tomando el ejemplo de los descendientes de inmigrantes europeos que comúnmente conocemos como "menonitas", pues no reciben ayuda alguna del gobierno, y sin embargo lograr autosostenerse; he visto como tras el paso de huracanes y sequías han perdido sus cosechas y animales, a pesar de los cual salen adelante, siempre sin ayuda alguna más que la de su propio trabajo; y seguramente en caso de recibir apoyos no lo despilfarrarían en refrescos de cola, frituras o "chacpol". Si nuestra raza cuenta con un pasado sorprendente, pleno de cultura y logros hasta el día de hoy inexplicables ¿cuánto podríamos esperar?

Bueno, pero ¿qué rayos tienen que ver los impuestos y el petróleo con los chiles? Pues como mencioné anteriormente es porque, como a lo largo de varios sexenios se ha enajenado la cómoda manutención de las clase no productiva y/o necesitada que el día de hoy, es necesario retribuirles un beneficio adicional -generalmente monetario- a la tarea encomendada, es decir que además de salud se le debe de pagar, además de educación, se les tiene que pagar, y además de cualquier programa como cría de borregos, cultivo de invernaderos o la simple plantación de chiles, además de la ganancia de la actividad por sí sola -que sería exclusivamente del beneficiario- si no se le otorga un apoyo económico, entonces no vale la pena mover un dedo. Es por eso que durante mi servicio no social no he recibido elotes, naranjas, gallinitas o qué se yo, simplemente porque no se les paga por ello -aún-, entonces no cuentan siquiera con una simple y llana mata de chiles habaneros, envidiando los del doctor al grado de robarle o hacerse de uno de la manera más fácil, son ellos ahora quienes esperan obsequios por mi parte. Así, cuando un paciente me señala con dolo lo "bonito" que están mis chiles, le ofrezco con la mejor intención las semillas que he juntado de tantos frutos maduros para que ellos mismos los siembren y cuenten con plantas en su hogar. Lamentablemente como no les pagarán su "oportunidad" por esa actividad, optan por rechazar la invitación, quedándose con las ganas de un buen picante.


II. La chamba de policía (13/05/08)


Definitivamente no hay terreno en este mundo para mayor distracción que la otorgada por el trabajo, el trabajo de uno mismo, su empleo, labor, oficio, profesión o "chamba". La remuneración, pequeña o grande, justa o no tanto, siempre deja un grato sabor de boca a quien con esfuerzo y dedicación la obtiene para el sustento de los suyos, esta clase trabajadora es comúnmente conocida como PEA (población económicamente activa). No cabe duda tampoco sobre la existencia de grupos capaces de trabajar pero que no lo hacen, embelesándose en cambio con el trabajo de otros, como ejemplos tenemos a los hijos de familia acomodada (comúnmente llamados "juniors"), Manuel López y su camarilla o la gente descrita en "Los Chiles: Episodio I" (aquella que gracias a la dedicación de la clase media trabajadora que llena las arcas de la SEDESOL con sus impuestos, recibe apoyos económicos mensuales sin preocuparse por trabajar o siquiera cultivar una mata de chiles). Estos tres cárteles realmente son mantenidos por los tributos fiscales de la población activa ya que los "juniors" son mantenidos por sus progenitores funcionarios públicos que viven a su vez de la teta del erario, y tanto a Manolo López como su séquito de bandoleros los mantiene Marcelo con el presupuesto del Distrito Federal.

Así nos damos cuenta cómo el conjunto de "fichitas" vive de la recaudación fiscal, resultando todavía peor el hecho de malgastar esta dádiva en tonterías, no dudando que fuera en alcohol, y es que no podría ser de otra forma: los "hijitos de papi" se beben sus "domingos" y terminan atropellando a gente inocente en arrancones (aunque no haya reactivos químicos para comprobarlo lo vemos en las páginas electrónicas de videos); también, sólo a alguien etílicamente intoxicado se le ocurriría armar patrañas faltas de civilidad como al tabasqueño, y por último los beneficiarios de OPORTUNIDADES malgastan el apoyo mensual en "caguamas" y "chatitas"; es por todo ello que esta población debería bautizarse como PEDA (Población Económicamente Dependiente de la Activa).

Pero bueno, nadie reclama y los pocos que levantamos la voz somos tachados de fascistas o "yunquistas" cuando ni siquiera barbas tenemos; además, como a la gente le gusta llevarle la contraria a Dios todo permanecerá igual (digo esto porque según la Biblia desde el inicio de la humanidad le fue dicho a Adán que tendría que ganarse el sustento con el sudor de su frente y luego Jesús afirmó que deberíamos amar al prójimo como a nosotros mismos, por lo tanto si nos partimos el alma por una carga impositiva que beneficie a la PEDA no ganamos adecuadamente nuestro sustento con aquel sudor y por otra parte ellos reciben un sustento ajeno y para colmo sin sudor, pero no porque "amemos" a nuestro prójimo al grado de construir su manutención ya que si realmente lo amáramos le deberíamos motivar con estrategias distintas y así activarlos económicamente).

A pesar de todo, entre la PEA y la PEDA existe un territorio sustancialmente extenso donde se halla un puñado de población errante, esta es aquella que oficialmente se dedica a alguna actividad pero que técnicamente no la hace, estos conforman el grupo de COPA (COmpromisos Políticos o Amigos), gente no capacitada para actividad específica, que recibe la tarea de realizar precisamente esa actividad y que obviamente NO realiza (a diferencia de los "aviadores" que sí saben la actividad pero que no la realizan o bien el C. Procurador federal de protección al ambiente que no sabe hacer la actividad pero que la realiza).

Podría numerar diversos ejemplos pero uno en concreto sobresale en nuestra sociedad: los policías, pero no los oficiales de policía que reciben instrucción en las academias respectivas sino los "polecías", individuos no calificados para guardar la seguridad ni servir o proteger. En Yucatán esta situación representa un grave problema sociopolítico que no encuentra pronta solución.

Este fenómeno ocurre primordialmente en las poblaciones rurales. Gracias al avance democrático se vive una alternancia de partidos en diversos sectores, sobretodo el municipal, sin embargo el lamentable revanchismo político genera situaciones tales como la descrita.

México es un país donde el subempleo es alarmante y no porque haya baja demanda de trabajo para algunas profesiones sino porque una sección notable de las nuevas generaciones profesionales considera la burocracia como una forma de asegurarse una pensión a futuro cuando la realidad actual apunta al sector privado. En parte esta nueva PEA se ha visto influenciada por sus padres burócratas quienes -beneficiados por el oficialismo de antaño- consideran estas bases laborales como un patrimonio intestato cuando los hijos beneficiarios no cubren siempre el perfil para el puesto, es así como vemos abogados enseñando inglés, profesores cubriendo horas de prefectura o contadores instruyendo sobre computación; si bien la docencia no es un subempleo sí lo es cuando los estudios profesionales no tienen nada en común con la materia impartida.

El caso es que este tipo de subempleo no se limita a la burocracia pura sino a aquella de conveniencia: individuos que apoyan a determinados candidatos con el fin de recibir un pago en especie, principalmente laboral aunque estos sujetos no tenga la mínima capacidad para tal puesto. El natural atractivo de la burocracia temporal es innegable y de alguna forma no podemos achacarles a estas personas parciales la culpa del todo; la condena apunta al candidato ganador quien les otorga responsabilidades que no son capaces de cumplir.

Esos son los "policías de pueblo", quienes no portan dignamente el uniforme al grado de verse en estado lamentable los domingo posterior a una departida en la cantina local. Como no hay donde colocarlos, los ediles entrantes, faltos de toda ética, les ofrecen la famosa "chamba de policía" a sus seguidores de campaña.

Según relatan los expertos, cada trienio el presidente municipal en turno cambia a los policías locales por aquellos con los que guarda compromisos políticos o bien amigotes de taberna. No importa la preparación o antecedentes, los hay analfabetos y con historial penal. No reciben adiestramiento alguno y el primer edil los emplea más para actos represivos que para guardar el orden, o bien para reforzar el equipo de beisbol del ayuntamiento. Si bien los anteriores "agentes" tampoco llevaron adiestramiento, al menos llevan tres años en el puesto y tal vez sepan someramente el proceder de las situaciones, pero los compromisos de campaña despedazan la seriedad.

Gran parte de los "polecías" de la comunidad donde realizo mi servicio social adolecen esta condición de COPA. Me había mantenido ajeno a ellos hasta hace un tiempo: unos meses atrás los padres de familia junto a diversos actores del municipio entre los que me cuento solicitamos la presencia de un contingente cada tarde a la salida de los estudiantes de la secundaria (adjunta a la Unidad de Salud) para evitar cualquier desmán de los vagos y drogadictos que acuden a la pequeña plaza cercana para molestar a las jovencitas o incitar vicios en los muchachos.

Durante el acoso hídrico diario hacia las célebres plantas de chiles habanero en el frente de la clínica, así como de los sembradíos del patio, pude observar con relativa satisfacción la presencia de aquel contingente solicitado en favor de la tranquilidad estudiantil.

Con los connatos de robo previos me vi en la necesidad de aprovechar la presencia policiaca para pedirles una vigilancia ocasional a los picantes, sobretodo los martes (durante cuales me ausentaba por completo de la unidad).

Desgraciadamente mi confianza fue efímera pues a cada regreso disminuía la cantidad de ajíes; fue entonces cuando cada tarde procuraba echar un vistazo a los guardianes del orden para descubrir su rutina diaria; mi asombro fue súbita al notarlos holgazaneando toda la condenada tarde bajo la sombra de un frondoso laurel, entonces asumí que la vigilancia acordada nunca se llevó a cabo.

Busqué comprender que no era su deber directamente, que siendo la clínica un lugar público la intromisión de cualquier hijo de vecino era natural, y aunque el robo fuera un delito ¿qué tanto afectaría la sustracción de unos cuantos frutos de las matas del doctor codo? Pensé en una posible complicidad de los oficiales pero más tuvo lugar la probabilidad de una indiferencia por parte del contingente, es decir les "valía madre" (al estilo Jalisco).

La antipatía por los "polecías" fue creciendo cuando en una ocasión divisé a un grupo de jovenzuelos fugándose de la escuela a través de un terreno baldío posterior a la clínica (eran los mismos muchachos que sólo acuden a la secundaria para que la madre pueda cobrar su apoyo de OPORTUNIDADES y no por estudiar y superarse). Ya antes habían hecho de las suyas pero no quise aguarles la huída toda vez que yo fui adolescente también y en más de una ocasión me "escapé" de la secundaria. Lo que hizo diferente esta ocasión era que la horda de imberbes entró a una propiedad privada perteneciente a un médico local, y como éste no se encontraba intentaron forzar la cerradura, fue así cuando decidí notificar estos actos vandálicos a los oficiales; crucé la calle y me dirigí al confortable parque donde la "echaban", pero mayúscula fue mi sorpresa cuando esta vez no se encontraban "echando la hueva" sino "echando la suerte" pues andaban jugando barajas con aquellos jóvenes vagos narcomenudistas para los cuales fueron comisionados mantener a raya (¡ah! y estaban apostando). Me hice de la vista gorda y traté de cumplir mi deber ciudadano avisándoles sobre aquel virtual delito. La respuesta encontrada fue patética y denigrante: me señalaron su incapacidad para proceder pues debería acudir con el director del plantel quien a su vez llamaría a los padres de esos chiquillos para una consecuente reprimenda. Les hice notar que los adolescentes no se encontraban en el plantel y por lo tanto la injerencia de las autoridades educativas sería nula, y ante la tentativa de allanamiento de morada, en su calidad de falta penal, eran los agentes quienes deberían actuar. De nuevo les valió un cacahuate asegurándome que cuando se repitiera les "llamarían la atención". Me retiré todavía más decepcionado a mis labores diarias.

En los días posteriores mandé avisar al colega que reforzara las puertas de su vivienda, acción que fue llevada a cabo inmediatamente y con lo que los jóvenes delincuentes no lograron nunca su cometido.

En cuanto a los robos de chiles continuaron y opté finalmente por cercar con malla los sembradíos tal como relaté en el escrito previo; así mermaron los hurtos y redacté los "Chiles del doctor I". En aquella ocasión no tomé en cuenta la necesidad de integrar mi ríspido encuentro con la "Ley" pero sí para no olvidarlo y considerar a corto plazo este fenómeno policial.

Sin embargo lo que me motivó a denunciar finalmente esta problemática ocurrió en días recientes cuando una amable señora acudió a consultar con su hija adolescente, alumna de la vecina secundaria; esta dama me "chuleó" los chiles como todos los pacientes aunque esta vez no vacilaría en obsequiarle algunos dada la amistad que llevaba con ella; entre plática y plática le relaté los robos anteriores, posteriormente me reveló con toda la calma del mundo la autoría de las desapariciones. Esta confesión se la había comunicado su hija quien, como la mayoría de los estudiantes del plantel, había descubierto "in fraganti" al delincuente, o mejor dicho a los delincuentes. Y sí, como lo imaginan, eran los propios "polecías" quienes martes a martes sustraían sin permiso frutos de mis plantas y fingían demencia al ser interrogados; los mismos agentes municipales que se beneficiaron con la "chamba de policía" para presumir de una impunidad que ellos consideran les otorga aquel uniforme que no llevan con digno cargo, siendo únicamente un pago por su proselitismo; les han delegado funciones que no saben llevar a cabo y que por lo tanto no realizan: guardar la ley y el orden, servir y proteger, en este municipio y en todos los de Yucatán y México donde la ciudadanía no ha exigido una mejor administración por parte de las "comprometidas" autoridades locales, quienes a la falta de una ley que regule estos casos, continuarán otorgando funciones a quien no lo merece ni es capaz de hacerlas.


III. Rumbo a España (12/06/08)


La fortuita adquisición de un colorado chile habanero hace más de siete meses trascendería de una u otra forma en el acontecer diario de una pequeña comunidad al sur del Estado de Yucatán. Y no es cuestión de haber sido el “chile de la discordia”, todo lo contrario, era un frutillo bastante menospreciado, no porque sus rutilantes venas de capsaicina no invitaran a una enfrijolada tarantela tras el primer mordisco sino porque se presentaba en el modesto aparador de una tortillería que le hacía evidente el valor agregado tan desdeñado por un sector de la población que tradicionalmente espera las dádivas de “papá gobierno”: si la lluvia presupuestaria y los excedentes petroleros eran capaces de “pagar” por cuidar la propia salud y asegurar un futuro estable con la educación ¿qué costaría darles un chile?

Definitivamente sería al acmé de la inoperancia, una condición parasitaria de la sociedad que algún momento sería necesario exterminar, pero que afortunadamente no ocurrió, y no porque no quisieran hacerlo sino porque la otrora secretaria Zavala Peniche y la anodina señora Ortega se disputaban el título por ser la “primera persona en haberles dado un chile a los marginados habitantes de Yucatán”. Ninguna lo logró: la primera fue acertadamente removida del cargo por el Presidente Calderón y la segunda tenía tantos compromisos de campaña que dejaban pequeña a cualquiera “chamba de policía” pues representaban millonarios negocios consistentes en darles zapatos a niños que ni caminos tenían en sus paupérrimas comunidades, a regalar cobertores en localidades donde hasta hace dos semanas los termómetros rebasaron los 46°C y a empachar a los infantes desdentados con galletas plenas de lombrices, ya de por sí numerosas en sus párvulos vientres… en fin no era tiempo electoral.

La necesidad de montar guardia las 24 horas en mi clínica adscrita, además de asegurar las permanente prestación de servicios de salud, era para proteger las valiosas papillas del programa “Oportunidades” que prometían un mejor estado nutricional, el oportuno crecimiento y la evasión de enfermedades que amenazaban la integridad y porvenir de esos valiosos seres portadores y representantes del futuro de las familias: sus cerdos y gallinas.

Con la asignada tarea de permanecer en la comunidad seis días a la semana era inevitable el acoplamiento a las circunstancia del lugar, evidentemente hasta donde la infranqueable jauría de perros de la calle 19 me lo permitía. Con la opción de trabajar el vasto terreno del Centro de Salud tuvo lugar el nacimiento de la “Saga de los Chiles” que he compartido con gran parte de mis conocidos y uno que otro desconocido; entre los primeros sobresalió un querido tío (radicado actualmente en la Madre Patria) por su interés en hacerse de las semillas que unas 252 familias afiliadas a “Oportunidades” se dieron el lujo de rechazar. Definitivamente no le negaría el placer de fomentar el cultivo casero de chiles en dicho país, al menos el Ministerio de Agricultura no lo permitiera por tratarse de una especie de planta no autóctona de la Península Ibérica; y es que las intenciones de mi tío eran sinceras: en España tenían sal y tenían “salero” pero les faltaba el chile verdadero (que sólo es el habanero).

Por supuesto que lo mejor sería entregar personalmente las semillas pero mi beca de 1100 pesos mensuales no me garantizaban la pronta capacidad de costear un viaje trasatlántico; pensé que la buena dieta mediterránea podría prolongar la vida de mi tío hasta los 100 años, época en la que aproximadamente juntaría el dinero suficiente para viajar a Europa al paso que iba; en un agarre de desesperación me trasladé al Puerto de Progreso para viajar de polizón en algún barco de bandera mexicana con destino al Viejo Mundo, lamentablemente a mi llegada se me informó que la marina mercante nacional ya no existía por lo que si deseaba cruzar charco debería colarme en alguna embarcación española; suerte la mía que una proveniente de Campeche, de nombre “JC”, estaba a punto de zarpar, llevaba la nave una carga valiosísima para no retornar jamás a México; no importó, me hice de valor y a punto de saltar me enteré que haría escala primero en el continente negro, entre aguas plagadas de piratas somalíes; entendí por tanto que el agua salada les afectaría bastante a las ínfimas semillas y mi resignación fue inmediata.

De regreso a la monótona vida de pasante en servicio social me encontré con la tragedia que en toda la población escaseaban los chiles habaneros, los pocos que no dilapidaban su “oportunidad” en alcohol o refrescos de cola se vieron en la necesidad de comprar insípidos chiles serranos buscando una señal de picante que les mantuviera la esencia mexicana; desafortunadamente tal situación los hizo indignos de la yucataneidad. Curiosamente las autoridades promovían la “denominación de origen” del chile habanero por aquel entonces, lo que sólo traducía una real ignorancia de la problemática local. Mis picantes alcanzaron tal cotización que mi andar se volvió portentoso por las vías pueblerinas, los infranqueables y escuálidos canes de la calle décima nona me cedieron el paso libre hasta el corazón del pueblo… mas ¡oh, sorpresa! tres cuadras arriba y una previa a la plaza central me cerraron el paso tres robustos gansos propiedad del sastre que no traían buenas intenciones, me repuse y decidí enfrentar gansos con patas (porque planeaba patearlos si me acosaban) pero oportunamente el dueño de los palmípedos los maniató y proseguí con mi andar; lo primero que pensé fue que a nadie le convenía tenerme en contra pues potencialmente cualquiera se vería beneficiado por unos chiles en “caridad y misericordia”, sencillamente era un dios.

Al llegar a la plaza no había nadie, la alcaldía estaba desierta y los pocos “polecías” de guardia no eran dignos de mi atención, pero entonces me sentí solo, al momento que una esporádica llovizna me persuadió a regresar.

Cabizbajo retorné al Centro de Salud cavilando de aquí para allá, sencillamente no comprendía el pensamiento local: primero me envidiaban los sembradíos que intenté fomentar a la vez en la apática población que rechazó la oferta al no beneficiarse económicamente para luego ser el único poseedor de picantes en el pueblo y pasar desapercibido totalmente, como si nadie me “pelara”, incluso aquellos perros que me dejaron pasar simplemente lo hicieron porque ya no me hacían caso y no por otra razón. Tal vez me hayan robado los mismos policías algunos frutos pero al cercar los arriates donde se hallaban las matas los hurtos cesaron. Por un instante pensé que se trataba de una estrategia psicológica para terminar obsequiando mi valioso tesoro enchilado o tal vez una antipatía generalizada en la misma población al viejo estilo zorro: “con lo que nos gustan los chiles mejor que se le pudran al doctor…”

Con dichas ideas la sensación divina que sentí alguna ocasión de mí mismo se esfumó; si bien ésta había nacido desde una perspectiva didáctica como al principio flagraba, se volvió aparentemente egoísta y colmada de prejuicios, o al menos fue lo que un loro me dijo una vez. Sin embargo algo no cuadraba y fue el hecho que la gente que recibía algún chile de obsequio lo aceptaba sin vacilar, lo que hizo evidente la ausencia de ese orgullo que imaginé.

Al enterarse la gente que los chiles estaban siendo “aflojados” todos se volcaron a la clínica, de inmediato asumí una actitud suspicaz que se vino abajo con un novedoso argumento que al principio me inyectó esperanza y era que las personas pedían los chiles ahora para sembrar las semillas (efectivamente una fugaz satisfacción cubría mi rostro). Ante la fuerte demanda de picantes me vi en la necesidad de apartar las mejores semillas para España pues no perdía las esperanzas de hacerlas llegar.

Pasados unos días y tras el desmembramiento de dos matas enteras decidí interrogar a los beneficiarios… ¡BOOM! Lo que escuché me dejó atónito, en shock: el 90% de los que recibieron chiles negaron haberlos pedido para obtener sus propias plántulas, el restante 10% reconoció pedirlos por sus semillas pero la mayoría sostuvo que “olvidaron” plantarlas y un descarado de plano me respondió que en realidad quería las semillas para alimentar a su cardenal y así “cantara” más el pájaro.

Fue la decepción total, me habían visto la cara, mas justo por esos días el Gobierno Federal anunció un programa de emergencia que terminó por hacerme comprender esta situación que se había vuelto compleja, pero también comprobé la noción que desde el principio tuve.

El titular del ejecutivo reconoció la carestía alimentaria que predominaba en el globo y que México no estaba exento del mal, el cual traía esclarecida la Ley de Caifás. Como apoyo a este problema el alto mando asignó una generosa partida extra al Programa Oportunidades con un promedio de 120 pesos de incremento al apoyo mensual familiar.

No podía creer este paquete de emergencia, sencillamente era una burla, además la gente realmente jodida (más jodida que la que Azcárraga señalaba) carecía de este programa social, por lo tanto no había tal remedio a la problemática preponderante, vamos, ni siquiera era un remedio, era un placebo, simplemente les habían dado un “chile” a la gente.

En muchas ocasiones he criticado la pasividad social, tanto de la clase trabajadora que vive encadenada a los impuestos que limitan el poder de compra (al comercio formal en toda escala para así prescindir de subsidios o condonaciones que agrandan la exención fiscal), impuestos que día a día son más y que al final acaban en programas de asistencia social que no generan la creación de mayor infraestructura y servicios que a su vez produzcan más empleos para todos, especialmente para los contribuyentes (en sentido de mejorar laboralmente) pero también para los “chupadores de sangre sociales” (beneficiarios o no de Oportunidades) que adolecen de una mayor pasividad, producto del paternalismo (PRI y PAN) o populismo (PRD), grandes dogmas de la política neoliberal.

Después de la Guerra de Castas y la Revolución Mexicana, había que buscar una forma de mantener apagado el volcán que siempre ha sido la clase necesitada, sobretodo los indígenas. La nacionalización de los motores tradicionales de la economía y el agrarismo nunca rindieron los frutos planteados; el descontento rebozaría de nuevo pero alguien tuvo la idea oportuna de “Solidarizarse” con esa población jodida, posteriormente se buscó su “Progreso” y finalmente se les otorgó una nueva “Oportunidad”, toda una falacia. Fue como si yo mismo hubiese regalado mis chiles pero si las semillas, es decir una dádiva sin oficio ni beneficio; la gente esperaría el próximo mes para recibir un nuevo chile sin semillas al grado de ofuscar sus pobres conciencias y vislumbrar su propia mata de chiles en caso de recibir las semillas, pero no, vivían “cómodamente” mientras otros “pericos” sean quienes siembren las matas (impuestos o petróleo), sin saber que algún día se acabará. Ese pensamiento despedazó la agricultura ancestral del país.

Lo ideal habría sido que si al menos ellos mismos cultivaran la tierra, el gobierno les comprara sus propias cosechas para la alimentación, pero de nuevo la negativa sosteniendo los potenciales beneficiados que además de comprarles las cosechas o conseguir compradores el gobierno debería retribuirles el propio trabajo, como si no fuera demasiado beneficio; por eso han fracasado tantos programas de reactivación al campo, porque los agricultores ya no quieren trabajar y se conformar con sembrar su maíz y frijol de vez en cuando para su propio consumo, sin ver más allá de sus narices a todas las opciones que día a día se agotan con la entrada en vigor del capítulo alimentario del TLC.

Decía Hubbar sobre la democracia que ésta tiene por lo menos un mérito y es el hecho que los políticos no pueden ser más incompetentes que la gente que los eligió. Por ello de nada sirve reprochar a los políticos de varios sexenios los problemas eternos, la realidad es que es el mismo pueblo fue quien se conformó con tan poco y no exigió una real solución a sus necesidades a tiempo; lamentablemente poco se puede hacer ahora pero siempre habrá una esperanza. La educación es un arma pero los criminales sindicalistas educativos frenan cualquier progreso. El voto es otra arma pero es tan cercada la visión de muchos que con un simple kilogramo de carne desdeñan las oportunidades. A los potenciales insurrectos les regalan algún hueso burocrático que finalmente los acallan (hasta una simple “chamba” de policía) y cualquier necesidad se cubrirá con los excedentes petroleros que algún día dejarán de exceder, con o sin reforma energética (así como los chiles serranos a los que la gente de mi comunidad recurrió al acabarse los habaneros, no pensaron que algún día se acabarían también).

Aquel político que decida transformar las cosas sencillamente se verá menospreciado por el vulgo para luego caer en una situación anarquista que sólo tenga remedio aparente en la siguiente campaña electoral; eso sucedió con la indiferencia del pueblo hacia mi persona, si bien el doctor tenía chiles pero no quiere obsequiarlos en las condiciones que se deseen ya llegará otro médico que los otorgue a diestra y siniestra, en fin que las plantas se quedarán; eso mismo aplicamos a nivel nacional: el pueblo vota por quien ofrezca mesiánicas promesas que perpetúen la apatía generalizada, y si no las cumple el próximo sexenio habrá otro quien las cumpla, en fin que los impuestos se quedan.

El presidente Calderón tuvo la gran oportunidad de convertirse en el reconstructor de México, cristalizando su promesa de empleos, fomentando el consumo, la industria y el campo, pero en lugar de ello optó por la medida comentada que seguramente pronto colapsará.

Una situación similar se vivió durante los años 30 en Estados Unidos; el país experimentaba la peor crisis de su historia, entonces el presidente Roosevelt escenificó una marxista política capitalista (what!?) conocida como el New Deal (nuevo pacto) que consistió en reactivar la industria necesaria para el desarrollo por parte de los propios desempleados, esta industria era tanto pública (servicios, producción de alimentos) como privada, especialmente la bélica ante el inminente conflicto mundial; siempre había algo para alguien, con toda la libertad de tomarlo o dejarlo; fue tanto el éxito que se permitió a los propios mexicanos participar en el mantenimiento del país vecino con su trabajo en el campo. El rotundo triunfo del nuevo pacto le valió a Roosevelt repetir inéditamente dos veces como presidente (tres gestiones comprendidas de 1932 a 944) y la Unión Americana se convertiría en la primera potencia del Mundo.

Algo así debió hacer el gobierno calderonista: no sólo regalar chiles sin semilla, otorgar también éstas para que la propia gente pueda disponer de los frutos en abundancia, quien no quiera sembrar puede regar, quien no quiera regar puede cosechar, quien no quiera cosechar puede vender y quien no quiera vender, comprar o hacer nada puede permanecer atónito hasta que la misma necesidad le haga superarse, necesidad con la desaparición de los histriónicos programas sociales que frenan el desarrollo.

Lamentablemente no fue así, optaron por continuar con el círculo vicioso y los agrandaron con un enorme “chile” de 120 pesos. A pocas semanas de terminar mi servicio social no preveo cambios positivos; no abandonaré mi pensar pero sé que desde aquí y con el tiempo contado no conseguiré mucho; si alguna vez traté de concientizar a personas de la comunidad ofreciéndoles las semillas he decidido por ahora unirme al presidente Calderón y darles también un chile a la gente con la libertad de hacer con él lo que mejor les plazca, cuya enajenación seguramente los llevará a comerlo y ya. Nunca más esperaré los costales de naranjas o carne de venado pero espero algún día una sola semilla de mis chiles de vida a alguna mata que represente la esperanza de un cambio sustancial.

Mientras tanto unos familiares van fortuitamente a España y he aprovechado enviar las semillas para ver si al menos en la Madre Patria rinden fruto. Había seleccionado las mejores pero no las he enviado todas, dejando algunas en mi poder para tener la certeza que esa pequeña planta de esperanza venga de una semilla fuerte y de lo mejor, pero sé que no habría sido necesario porque el pueblo mexicano, sobretodo el yucateco, tiene un potencial que agranda más la esperanza. N.R.A.A.